Que me traspasen dardos: no habré de defenderme; que me hiera cruel total indiferencia; que los rostros, impávidos, al no reconocerme pasen sin advertir siquiera…
CLOTILDE, EN LA MUJER POBRE DE LEÓN BLOY
La única tristeza» -insinúa Clotilde-
«es la de no ser santo», añadiendo, «aquí abajo».
¿Pues no basta, me digo, un corazón humilde
ni el espíritu hecho a piadoso trabajo?
¿Tampoco es suficiente tolerar la injusticia,
eludir el halago con natural modestia,
desconocer a un tiempo altivez y codicia
o cumplir los deberes sin acusar molestia?
No; que el ser sobrehumano, aquel que a sí renuncia,
el mismo que se niega y carga con su cruz,
el que calla dolores y alegrías anuncia
para alentar al prójimo con el amor debido,
es el que alcanza -único- áureo nimbo de luz,
el santo que Clotilde lamenta no haber sido.
«es la de no ser santo», añadiendo, «aquí abajo».
¿Pues no basta, me digo, un corazón humilde
ni el espíritu hecho a piadoso trabajo?
¿Tampoco es suficiente tolerar la injusticia,
eludir el halago con natural modestia,
desconocer a un tiempo altivez y codicia
o cumplir los deberes sin acusar molestia?
No; que el ser sobrehumano, aquel que a sí renuncia,
el mismo que se niega y carga con su cruz,
el que calla dolores y alegrías anuncia
para alentar al prójimo con el amor debido,
es el que alcanza -único- áureo nimbo de luz,
el santo que Clotilde lamenta no haber sido.
Fuente: digitalplural.com.mx