¿Y si la felicidad pidiera maletas nuevas cada cinco años?
Hay titulares que te caen como un balde de agua fría en plena siesta emocional. Este es uno de ellos: la psicología —o al menos un psicólogo bastante mediático— recomienda cambiar de pareja cada cinco años si queremos rozar algo parecido a la felicidad duradera.
El responsable de la idea es Rafael Santandreu, ese terapeuta español que escribe libros con títulos que prometen luz al final del túnel. En Las gafas de la felicidad (y en varias entrevistas que todavía circulan por ahí) dice algo así: los humanos no estamos cableados para la monogamia de por vida. Que el modelo tradicional, ese de “para siempre”, termina convirtiéndose en una jaula bonita donde el amor se oxida, aparecen los celos como musgo y la rutina como moho.
Según él, cada cinco años deberíamos hacer las maletas emocionales, despedirnos con cariño (o con lo que quede) y abrir la puerta a alguien nuevo. Argumenta que el desamor es la principal causa de sufrimiento grave en el mundo —más que perder el trabajo o enfermarse de algo serio— y que seguir aferrados a una sola persona nos condena a una represión sexual y afectiva que nadie debería cargar.
Al leerlo por primera vez pensé: vaya, qué radical. Pero luego me quedé pensando en las parejas que conozco. Hay quienes a los siete u ocho años empiezan a mirarse como muebles viejos: funcionales, pero ya sin sorpresa. Otros, en cambio, logran reinventarse cada cierto tiempo sin necesidad de cambiar de persona. La diferencia, creo, está en si los dos siguen creciendo o si uno se estanca y el otro se desespera.
Santandreu lo pinta casi como una regla científica, pero el artículo original —el que circula desde hace años en Cultura Inquieta y otros sitios— ya pone paños fríos: cinco años es un número caprichoso, un calendario prefabricado que suena más a truco de autoayuda que a sabiduría profunda. Porque el amor no entiende de cronómetros. Hay relaciones que mueren a los dos años y otras que florecen a los veinte. Lo que mata no es el tiempo, sino la falta de honestidad, de deseo, de respeto mutuo.
A mí me resuena más la idea de que nada es para siempre… pero no como mandato, sino como posibilidad liberadora. Si la relación se vuelve jaula, si el cariño se convierte en costumbre tóxica, salir no es fracaso: es valentía. Y si, por el contrario, los dos siguen eligiéndose cada mañana —con defectos, con grietas, con todo—, entonces ¿por qué ponerle fecha de caducidad?
Al final, creo que la polémica no está en los cinco años exactos. Está en atrevernos a preguntar: ¿esto que tengo me hace más vivo o me va apagando poco a poco? Porque el amor, si es de verdad, no debería sentirse como una condena disfrazada de romanticismo.
¿Y tú? ¿Crees que hay un límite natural en las relaciones? ¿O piensas que el amor verdadero es aquel que resiste el paso del tiempo sin necesidad de reinicios forzados? Me encantaría leerte en los comentarios. A veces las mejores respuestas no vienen de psicólogos famosos, sino de quienes están viviendo la historia en carne propia.