Cuando ellas quieren más (2023): Comedia romántica sobre amistad femenina y aventuras en Italia con Diane Keaton y Jane Fonda
Imagina que tienes un grupo de amigas de toda la vida, de esas que han compartido risas, lágrimas y secretos durante décadas, y de repente deciden embarcarse en una aventura que las lleva directo al corazón de Italia. Eso es básicamente lo que pasa en “Cuando ellas quieren más”, una película que retoma las vidas de cuatro mujeres maduras que forman un club de lectura y que, tras superar algunos baches personales, optan por hacer ese viaje de chicas que siempre soñaron pero nunca se atrevieron a realizar. La historia gira alrededor de Diane, Vivian, Sharon y Carol, interpretadas por un cuarteto de actrices legendarias que le inyectan un encanto irresistible a todo el asunto. Sin entrar en detalles que arruinen la sorpresa, la trama se desarrolla con un ritmo ligero, mezclando humor cotidiano con toques de romance inesperado, todo ambientado en paisajes italianos que te hacen querer reservar un vuelo inmediatamente. Lo que más engancha es cómo la película celebra la amistad femenina en una etapa de la vida donde muchas historias suelen ignorar a las protagonistas de cierta edad, mostrando que el deseo de vivir plenamente no tiene fecha de caducidad. Las interacciones entre ellas fluyen con naturalidad, como si realmente fueran amigas de siempre, y el guion juega con situaciones cómicas que surgen de sus personalidades contrastantes: una más conservadora, otra audaz, una pragmática y la cuarta siempre optimista. Es una comedia que no pretende revolucionar el mundo, pero sí recordarte lo importante que es rodearte de gente que te impulse a salir de tu zona de confort. Al final, sales del cine con una sonrisa, pensando en llamar a tus propios amigos para planear algo loco juntos. Esta secuela mantiene el espíritu juguetón de su predecesora, pero lo eleva con un toque internacional que añade frescura y exotismo.
Actuaciones estelares que capturan la esencia de la amistad y el romance
Lo que realmente eleva esta película son las actuaciones, porque estas cuatro actrices no solo interpretan a sus personajes, sino que parecen vivirlos con una autenticidad que te hace olvidar que estás viendo una ficción. Diane Keaton, como Diane, trae esa mezcla de vulnerabilidad y excentricidad que la ha hecho icónica; su personaje es el de la viuda reciente que aún navega por el duelo, pero encuentra en el viaje una forma de redescubrirse, y Keaton lo hace con gestos sutiles, como una mirada perdida o una risa nerviosa, que transmiten mucho sin necesidad de diálogos grandilocuentes. Jane Fonda, en el rol de Vivian, es la fuerza arrolladora del grupo, esa amiga que siempre empuja a las demás a probar cosas nuevas, y su energía es contagiosa; Fonda, con su presencia imponente, hace que Vivian sea no solo divertida, sino también inspiradora, mostrando que a cualquier edad se puede abrazar la pasión sin remordimientos. Luego está Candice Bergen como Sharon, la jueza pragmática y algo cínica, cuya interpretación es un derroche de sarcasmo inteligente; Bergen clava esos momentos en los que su personaje suelta comentarios ácidos que rompen la tensión, y su evolución a lo largo del viaje es uno de los puntos más gratificantes, porque ves cómo esa coraza se resquebraja poco a poco. Mary Steenburgen completa el cuarteto como Carol, la más dulce y conciliadora, cuya calidez hace que el grupo se sienta unido; Steenburgen aporta una ternura genuina que equilibra el humor, y sus escenas con los demás personajes masculinos añaden capas de profundidad emocional sin caer en lo melodramático. Juntos, los actores secundarios como Andy García, Don Johnson y Craig T. Nelson complementan bien, trayendo un toque de romance maduro que se siente real y no forzado. Giancarlo Giannini aparece en un rol que añade un sabor italiano auténtico, con un carisma que encaja perfecto en el caos cómico. En general, las actuaciones son el pegamento que une todo: no hay egos compitiendo, sino una química grupal que hace que las escenas de conversaciones parezcan improvisadas, como si estuvieras espiando una reunión de amigas reales. Esto hace que la película no solo sea entretenida, sino relatable, porque todos hemos tenido esos momentos de complicidad con amigos que te conocen mejor que nadie. Y aunque el foco está en ellas, los hombres no son meros accesorios; cada uno tiene su arco que enriquece la narrativa, mostrando que el amor y la amistad evolucionan con el tiempo.
Dirección hábil y el encanto visual de Italia que envuelve la historia
Bill Holderman, quien dirige y coescribe la película, hace un trabajo sólido al mantener un tono equilibrado entre comedia y corazón, sin caer en excesos sentimentales ni chistes burdos. Su enfoque es como el de un anfitrión en una cena perfecta: sabe cuándo acelerar el ritmo con escenas de enredos locos y cuándo pausar para dejar que las emociones respiren. La dirección destaca especialmente en cómo captura la esencia de Italia, desde las calles empedradas de Roma hasta los canales de Venecia y los viñedos de la Toscana, usando la cinematografía para que el país sea casi un personaje más, con tomas amplias que te sumergen en esa belleza atemporal. No hay efectos especiales grandiosos aquí, porque no los necesita; en cambio, se basa en la magia natural de los escenarios, con una iluminación cálida que realza los colores vibrantes y hace que cada frame parezca una postal viva. La banda sonora es otro acierto: una mezcla de clásicos italianos y canciones pop contemporáneas que acompañan las escenas sin abrumar, como esa melodía alegre que suena durante un paseo en góndola o un tema romántico sutil en momentos íntimos. Holderman juega con el montaje para alternar entre el caos grupal y los instantes personales, creando un flujo que mantiene el interés sin prisas. Hay un equilibrio en cómo maneja los temas de envejecimiento y deseo, tratándolos con humor respetuoso que evita caricaturas; por ejemplo, las situaciones cómicas surgen de malentendidos culturales o tropiezos cotidianos, lo que hace que todo se sienta orgánico. La edición es precisa, cortando en los momentos justos para maximizar las risas, y la dirección de actores permite que cada una brille en sus fortalezas: Keaton en lo excéntrico, Fonda en lo audaz. En resumen, Holderman construye una narrativa que fluye como un buen vino italiano, suave y reconfortante, destacando cómo un viaje puede transformar perspectivas sin necesidad de giros dramáticos. Es una dirección que prioriza la calidez humana sobre la espectacularidad, y eso es lo que hace que la película se quede contigo, como un recuerdo grato de vacaciones.
En cuanto al legado de “Cuando ellas quieren más”, esta película contribuye a un cambio sutil pero importante en el cine, al poner en primer plano a mujeres mayores como protagonistas activas y deseantes, algo que no siempre se ve en las comedias románticas tradicionales. Siguiendo la estela de su primera parte, refuerza la idea de que la amistad femenina es un pilar vital a cualquier edad, influyendo en cómo se representan las relaciones maduras en la pantalla grande y abriendo puertas para más historias inclusivas. Su impacto cultural radica en celebrar la vitalidad más allá de la juventud, inspirando a audiencias a valorar las conexiones duraderas y el coraje para nuevas aventuras. Técnicamente, aunque no innova en efectos o técnicas revolucionarias, su uso de locaciones reales y una producción pulida demuestra que una buena historia no necesita artificios; la cinematografía captura la autenticidad italiana con maestría, y la banda sonora integra elementos culturales que enriquecen la experiencia sin ser obvios. En el panorama del cine, películas como esta ayudan a diversificar el género comedia, mostrando que el humor puede ser inclusivo y empático, dejando un eco en cómo se cuentan relatos sobre envejecimiento con gracia y optimismo.
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